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LOS
DESPRECIABLES, contados por mí.
PARTE
I
Me
vais a perdonar que cuente esta historia en primera
persona. Pero es que resulta que es MI historia
en Los Despreciables, no la de l@s dem@s. No es
por falta de humildad, de verdad, es únicamente
porque la mía, mi historia, más
o menos me la sé, y la de l@s dem@s, no.
Pues eso.
Los
Despreciables nacieron, más o menos, la
noche en que Garci ganó el Oscar de Hollywood
por Volver a empezar, tal cual. Resulta
que en esa época yo estudiaba Geografía
e Historia en la Complutense (sí, ya no
somos ningunos críos
), y un par de
compañeras llegaron un buen día
emocionadas porque habían ido la noche
anterior a una emisora de radio donde se habían
fotografiado con Garci y su Oscar. Yo no había
oído hablar de esa emisora ni el programa
al que había acudido el premiado director.
Resultaron ser Antena 3 y Polvo de estrellas,
respectivamente. El caso es que empecé
a oír ese programa, a engancharme a él,
y
al final, resumiendo, acabé trabajando
en el mismo. (Que nadie saque precipitadas conclusiones
ni parecidos con Eva Harrington, porque no los
hay. ¡Por Dios!) Fueron dos años
y pico currando con Carlos Pumares, al que le
debo muchas cosas (dinero no, curiosamente; será
de los pocos
). Entre ellas, haber conocido
a un "grupo humano" más que interesante
(no diré nombres, para no alardear, pero,
vamos, algun@s de ell@s son muy famos@s hoy en
día. Pero que muy famos@s
). Y, de
este grupo, sólo destacaré un nombre:
Juan Antonio Despreciable (no es su verdadero
apellido. En serio.) Aunque, hoy por hoy, sea
de las personas a las que más quiero, respeto
y admiro, aquella lejana noche de octubre de 1983
(la del 23, exactamente), no auguraba precisamente
la mejor relación. Vamos, que me recibió
en el control central de sonido (al que yo había
entrado cargado con más de treinta elepés
-los antiguos cd's, para los más jóvenes.
Pero eran mucho más grandes, y pesaban
más--, cintas "revox", papeles,
etc
) con el siguiente saludo: "¿Qué,
Marconi, a triunfar?". Eso, dicho por un
tío mucho más alto que yo, mucho
más corpulento que yo, y mucho
no,
mucho mayor que yo, no, pero sí con mucha
más experiencia en el medio (más
que nada, porque yo no tenía experiencia
alguna), pues, eso, que dicho por un tío
así, impresiona, ¿o no? Bueno, más
o menos, así es como recuerdo mi encuentro
con Juan Antonio. Con el tiempo, creo que me fue
cogiendo cariño, porque, una vez terminaba
el programa y Pumares se iba a casa, Juan Antonio
me llevaba a la discoteca de la emisora y se dedicaba
a ponerme discos de grupos cuyo nombre me sonaba,
pero de los que, y confieso mi ignorancia, no
había oído prácticamente
nada. O nada, a secas: Allman Brothers Band, Lynyrd
Skynyrd, Robert Palmer
Qué queréis,
yo venía más de una onda tipo Sammy
Davis Jr., Dean Martin, Liza Minnelli, la Streisand,
Judy Garland. Ah, y, sobre todo, Juan Antonio
me descubrió a uno de los más grandes
músicos y cantantes que os podáis
echar a la cara: el extraordinario Javier Ruibal.
Por otro lado, algunas noches aparecía
por la radio un tipo bastante curioso: según
J. Antonio, era un extraordinario guitarrista
de rock and roll, pero tenía pinta de todo
menos de rockero. Sí, había estado
en un par de grupos que me sonaban (Bulldog
),
pero, sobre todo, era un pedazo de pan: más
de una noche se bajó a las tantas al VIP'S
de la esquina a por tortitas con chocolate y otras
porquerías por el estilo. Bueno, resulta
que ese tipo se llamaba, y se llama Josele. Pero
de él hablaré más adelante.
Avancemos
ahora un par de años. Porque, en octubre
de 1985, --y después de abandonar la carrera
de Historia-- me matriculé en la Facultad
de Filología Inglesa. Ya sé que
este dato, por sí solo, carece de todo
interés. Pero es que resulta que ahí
conocería al segundo vértice de
este primer triángulo. Además, cosas
de la vida, es la persona a la que más
he querido, quiero y querré de todas cuantas
conozco: Mauricio Despreciable (no es su verdadero
apellido. En serio.) El caso es que Mauricio y
yo coincidíamos en algunas clases, y, aunque
no nos conocíamos, teníamos (lo
reconocimos los dos más adelante) un cierto
"pique" en la asignatura de Inglés.
Cosas de la edad, supongo. Y llegó el día
en que cruzamos las primeras palabras: fue el
14 de mayo de 1986, en el Paraninfo de la Facultad
de Filología, tras una representación
de la comedia de Plauto, Menecmos (ya iréis
descubriendo que, entre los Despreciables, lo
que menos hacemos es tocar rock and roll. En serio.),
en la que él interpretaba a uno de los
protagonistas. La verdad, me sorprendió
que un tío con ese aspecto (y hablo de
hace casi veinte años: guapo, chulito,
algo "sobrado"
) hiciera teatro,
y lo hiciera bien. Al terminar la representación,
bajé a camerinos a felicitar a la compañía
y me lo encontré tocando un viejo piano
de pared, desafinado. Pues, pese a todo, no sonaba
mal. Era el colmo: también sabía
música. Me contó que era teclista
en un grupo de pop llamado Osato Pechato.
Y ahí empezó esta historia. No sé
cómo, --supongo que medio les engañé,
medio creyeron lo que quisieron creer-terminé
siendo su mánager/técnico de sonido
y luces. Ah, y, a veces, subía a hacer
el ganso, cantando versiones de Cocaine,
Stand By Me, y otras por el estilo. Con
el tiempo, el grupo perdió a sus dos guitarristas,
que eran hermanos (ojo: se fueron, no es que pasara
nada trágico, tipo Lynyrd Skynyrd
),
y yo me acordé de ese tipo con el que había
compartido tantas horas de música en la
noche (Dios mío, esto ha sonado a película
de Garci, ¿que no?). Me presenté
en su casa (en aquella época no tenía
teléfono
y estuvo así durante
mucho, mucho tiempo. No os podéis imaginar
la gracia que me hacía cada vez que tenía
que avisarle URGENTEMENTE de algo. Pero, bueno,
a lo que vamos.) y, tras despellejarme los nudillos
(tampoco tenía timbre: ¡este tipo
vivía como Ted Nugent, pero en plena calle
Cartagena!), me abrió la puerta: le había
despertado de la siesta. Le conté la situación,
y aceptó de inmediato, pero con una sola
condición: él iba estrictamente
como mercenario, es decir, él tocaba lo
que le decían, sin meter baza en las decisiones
del grupo. Sorprendido, y encantado, fui corriendo
a comunicar la buena noticia a los otros tres
osatos. ¡Ingenuo de mí! Llegó
el primer ensayo y Juan Antonio tardó exactamente
trece minutos en tomar el control de la situación,
dando instrucciones al batería ("no,
déjate de filigranas y dobla la caja"),
al bajista y cantante ("si los dos hacemos
muchas virguerías a la vez, la canción
pierde fuerza"). [Nota del autor: las citas
no son transcripciones literales.
Mi
memoria no da para tanto. ¡Faltaría
más!] Bah, el caso es que, con esa formación,
Osato Pechato duró menos de un año.
Bastante menos. Como era de prever, el cantante/bajista
dejó el grupo. Dilema: ¿ahora qué
hacemos? "No hay problema", dijo Juan
Antonio: "Mi hermano Fernando [Despreciable.
No es su verdadero apellido. En serio. Pero sí
es su hermano.] tocará el bajo, que además
es buenísimo, y tú cantarás".
Yo esperaba que dijera eso de "que además
eres buenísimo". Pero nada, oye. Bueno,
el otro día me dijo algo parecido. Pero
yo creo que es que con los años se ha ido
ablandando. En fin, que me lío. Ahí
estábamos cuatro de los Despreciables que
tod@s conocéis: el batería seguía
siendo el de Osato Pechato. Pero ya no
nos llamábamos así: ahora éramos
Dos pisos al sótano. ¿Que
por qué? ¿Y por qué no? Además,
según la teoría de Juan Antonio,
"el nombre de un grupo se hace con los años.
¿Hay nombre más estúpido
que Radio Futura, o El último
de la fila?". Puede ser, pero me da la
sensación de que, por mucho tiempo que
pudo pasar, nuestro nombre "se hizo menos"
que los suyos. Como Dos pisos
duramos
unos tres años, más o menos. El
repertorio consistía, al cincuenta por
ciento, en canciones propias (de Juan Antonio
y Mauricio) y versiones de clásicos más
o menos conocidos. Pero, como decían Los
Módulos, Todo tiene su fin (esto
lo digo en todos los conciertos. Creo que ya va
siendo hora de que sepáis quiénes
fueron Los Módulos: buscadlo en Internet,
en Google). Y el fin de Dos pisos
llegó
en mayo de 1992, en un último concierto
en El Gato, un bar cerca de la Plaza de España.
Entre tanto, hubo momentos "gloriosos".
Si me permitís, voy a agavillar (este verbo
se lo he robado a mi padre, que empezaba así
uno de sus libros. Perdona, papá. ¡Verte
mezclado con Los Despreciables! Con lo que tú
has sido!) unas cuantas perlas de aquellos años:
a)
Concierto en el Centro Cultural El Torito, Moratalaz.
Por primera vez, cantaba con un micro inalámbrico.
En un momento dado, me puse a dar vueltas sobre
mí mismo, tipo Michael Jackson -pero sin
su estilo-y, claro, acabé en el suelo.
De repente, levanto la vista y me encuentro con
que Juan Antonio, en un alarde de solidaridad
-y de extraordinaria agilidad-se había
tirado a mi lado, "como si todo hubiera estado
ensayado". No recuerdo cuánto tiempo
tardamos en podernos levantar de nuevo. Pero eso
es otra historia.
b)
Presentación del disco colectivo "Hecho
en Vallekas", julio de 1988, creo. Los diez
grupos que habíamos participado en el disco
íbamos siendo presentados por Julio Ruiz.
El escenario era inmenso. De verdad, inmenso.
Curiosamente, nada más empezar la primera
canción -juraría que era "Rivales"--,
Juan Antonio me lanza una mirada de las suyas
(en este caso, no tanto asesina como de "¿pero
tú eres tonto?"--: en mi afán
por ser "espectacular" había
hecho un remolino con el brazo derecho
con
tan mala suerte que éste chocó con
el clavijero de su guitarra y la desafinó.
Las seis cuerdas. Pero, bueno, de ese concierto
saqué algo positivo: currar en un programa
de Radio Nacional.
c)
Otro momento "Mr. Bean". Sala "Bwana"
(no sé si sigue existiendo). El escenario
era raro, muy raro. Escalonado, largo y bastante
estrecho, de modo que al fondo estaba la batería;
algo más adelantados, los teclados; casi
en paralelo, la guitarra y el bajo; y, delante
de todos, sin el menor contacto visual con Juan
Antonio (que para mí, más de 15
años después, sigue siendo esencial).
Pues bien, al final de una de las canciones, supongo
que J.A. les haría a todos la señal
para acabar. Señal que yo, por supuesto,
no vi. Os podéis imaginar el resto. Pero
peor fue mi "momento Raphael", cuando,
tras deshacerme de la americana, la lancé
hacia el público
con la mala suerte
de que fuera a caer sobre la mesa de sonido, desenchufándola.
Pensándolo bien, fuimos los verdaderos
precursores del Unplugged. Aunque a Ticol
no le hizo maldita la gracia. Cosas de los bajistas
de jazz, supongo.
d)
En aquella etapa de 2PAS solíamos recurrir,
con bastante frecuencia, a la ayuda de amigos
(Oso, el Primo, etc
gracias por todo, tíos)
en cuyos coches transportábamos el equipo.
Luego, ellos se quedaban a animar y echar un cable
por lo que pudiera pasar. El problema surgió
en un pueblo de la sierra (no me acuerdo del nombre,
y mira que me molesta) donde, al terminar la actuación,
el encargado nos llevó a su despachito
y nos dijo que, de las 15.000 pesetas que íbamos
a cobrar (creo recordar que era eso, pero tampoco
importa tanto) nos tenía que descontar
unas 7.000 de las consumiciones de nuestros acompañantes.
En fin. Supongo que alquilar una furgoneta nos
habría salido más caro
e)
Y, para terminar esta absurda relación
de anécdotas que sólo interesarán
a los que las vivimos (en el fondo, nuestro grupo
no deja de ser como la mili, y con los años
cada vez hay más batallitas), me gustaría
recordar una de las anécdotas más
surrealistas que nos han pasado. Fue en el "Honky
Tonk", allá por el 89 (del siglo pasado,
claro), y precisamente con la presentación
de dicha canción (el "Honky Tonk Women"
de los Stones). Por aquel entonces ya practicaba
esa rastrera costumbre de dedicar canciones a
l@s camarer@s del local, y dediqué ese
tema, que hablaba de "las mujeres de garito,
o sea, de casa de pu
" a las camareras
del "Honky". Bien, para abreviar: poco
después alguien nos preguntó si
éramos el grupo punk que llamaba "putas
a las camareras". Desde entonces, el "Honky
Tonk" es la canción en la que nos
presentamos "Los Despreciables". Y es
que, pa putas, nosotr@s!
En
fin, volviendo a aquel concierto de El Gato, en
el que nos despedimos, contamos con la colaboración
extraordinaria de un gran saxofonista inglés,
Owen Thomas. Si eso no es lujo, que baje Dios
y lo vea. Lástima que Owen se hubiera aprendido
todas sus canciones en el tono de las versiones
originales, esto es, tal cual suenan en el disco,
con lo que las pasó canutas para tocarlas
en nuestro tono. Pero, bueno, ya he dicho
que es un gran músico y que supo salir
del apuro.
Y,
hasta aquí, la primera parte de nuestra
historia.
PARTE
II: LA SECUELA
Desde
aquí, la segunda (y, por el momento, última)
parte de nuestra historia. Los Despreciables renacieron
(o nacieron tal como los conocéis ahora)
gracias a una serie de TV, ¿Quién
da la vez?, dirigida por Vicente Escrivá.
Ahí queda eso.
El
caso es que corría el mes de mayo de 1994.
Yo (siempre yo, yo, yo
Coño, pues
escribidlo vosotros, ¿no te digo?) me encontraba
en Antena 3 TV para hacer una prueba para esa
serie, (en la que acabaría haciendo de
skinhead). Me acordé de que J. Antonio
trabajaba allí, así que, como tenía
tiempo, pregunté por él. Tras unos
cálidos y cariñosos abrazos (¿Qué
Pasa? Seremos rockeros, pero tenemos nuestro corazón)
le conté qué hacía allí,
y me dijo que el técnico que iba a sonorizar
aquellas pruebas era un fuera de serie, un chaval
muy joven --¡ya era muy joven entonces!--,
llamado Ramón Despreciable (No es su verdadero
apellido. En serio.) Me contó también
que tenía mucho "mono de rock and
roll", y que en la tele había tocado
con una gente, así en plan "quemar
adrenalina". Y que, entre esa gente, había
un batería
"¿Te acuerdas
de los Coz?", "Sí, claro".
"Pues ése, Cutu". "Ah, pues
yo he estado hablando con Mauri y también
tiene mono". El caso fue que, como habréis
adivinado, caímos en la cuenta de que todos
teníamos ganas de hacer un poco el ganso.
Y así fue como, gracias a una serie de
TV, nos reencontramos J. Antonio, Mauricio, Fernando
y yo, y conocimos a Cutu Despreciable (No es su
verdadero apellido. En serio. Pero, al parecer,
sí es su verdadero nombre de pila. Por
lo menos, os juro que yo no le conozco otro
)
y a Ramón.
El
primer paso fue concertar un ensayo, para matar
el gusanillo, en el viejo local de siempre: no
diré su nombre, puesto que, al parecer,
no se podía utilizar como local de ensayos
(total, sólo hemos estado ensayando allí
unos 17 años
). Esta vez, el repertorio
consistía exclusivamente en versiones de
canciones más o menos famosas. Salimos
de aquella primera toma de contacto bastante contentos.
Al ensayo vino también Josele (aunque de
esto no estoy muy seguro). Estuvo muy bien, creo
recordar, y, sobre todo, marcó la pauta
de lo que serían los doce o trece ensayos
que hemos realizado desde entonces (no, no estoy
exagerando. O no estoy exagerando mucho, al menos):
por lo general, todos solemos llevar al local
de ensayo los diversos cabreos que nuestros curros
-o la falta de los mismos-nos producen. Pues bien,
a la media hora, nadie se acuerda de ese jefe
que le hace la vida imposible, de ese director
de producción que sigue siendo un capullo
ni de lo que sea. A todo esto, el ensayo no tenía
más objetivo que el de desentumecer músculos,
soltar adrenalina y pasar un buen rato. Pero resulta
que, poco después, todo cambió:
alguien había conseguido que tocáramos
dos noches seguidas, al aire libre, en Torrelodones.
Corría el mes de julio de 1994. Para paliar
los nervios y el miedo escénico (del que
habían hablado, muchísimo antes
que Valdano, The Band en su biográfica
"Stage Fright"), decidí adoptar
una pose de "rock star", y un vestuario
a medio camino entre el homenaje a Robert Palmer
(que en Gloria esté) y Brian Ferry: esto
es, chaleco, chaqueta y corbata. Al igual que
el de Roxy Music, empezaba los conciertos impecable
y los acababa hecho un trapo, empapado en sudor,
descamisado
Recuerdo que abrimos los dos
conciertos con Simply Irresistible, del
citado Palmer. Una pasada de canción que
hace años dejamos de tocar. Como tantas
otras. Hay una explicación para esto: desde
que nos juntamos, decidimos que si alguien del
grupo (basta una sola persona) se niega a tocar
una canción en particular, ésta
desaparece del repertorio: si vierais la lista
de temas que hemos ensayado para después
tocarlos un par de veces (o, en algún caso,
ni eso) alucinaríais.
En
fin, que estábamos en Torrelodones, aquel
lejano julio del 94. Esto es, hace ya más
de once años. ¡Dios mío, de
momento hemos durado más que The Beatles!
Claro, que a ellos les fue algo mejor. Algo. Bueno,
lo que sigue a partir de ahora no es una historia
más o menos oficial del grupo. En primer
lugar, ni yo ni nadie se ha preocupado por ir
llevando un diario, con lo que es muy probable
que haya fechas cambiadas, anécdotas apócrifas
e, incluso, alguna historia que no nos haya ocurrido
a nosotros, sino a otro grupo, y que ahora me
parezca que fue a nosotros. Además, nuestros
conciertos son muy largos, y la memoria empieza
a fallar. Enfin, ¡yo qué sé!
Ahí van unas cuantas anécdotas,
y al que le guste, pues muy bien. Y al que no,
lo siento. A fin de cuentas, como decían
Gustavo Salmerón y Tristán Ulloa
en Mensaka, "¿Qué quieres?,
sólo es el puto cantante" (Bueno,
era algo así. Ya os digo que mi memoria
ya no es lo que era, y hace años que vi
la peli.)
Eso sí, me gustaría empezar esta
colección de recuerdos contando algo que,
y os lo prometo de corazón, es rigurosamente
cierto (y no menos precocupante, puesto que ya
ha pasado en más de una ocasión).
Ocurrió una tarde de aquel lejano julio
de 1994. Yo estaba en casa, escuchando un cd que
había comprado recientemente -un grandes
éxitos de los Kinks--, y, en concreto,
me detuve a escuchar un par de veces una de sus
grandes canciones, Lola, pensando que meencantaría
cantarl con el grupo. Al cabo de un par de horas,
suena el teléfono. Es Juan Antonio. Tras
los saludos de rigos, etc, me pregunta: "Oye,
Javi, ¿tú te acuerdas de una canción
de los Kinks, Lola? Es que me gustaría
montarla". Os aseguro que pasó tal
cual lo cuento. Escalofriante, ¿no? Joder,
a mí sí me lo parece. Será
que soy un nenaza
Además
del volumen brutal, otra de las características
de Los Despreciables, desde su nacimiento -como
grupo, no en cada caso individual, que quede claro-es
que, por lo general, en cada concierto se suben
a tocar y/o cantar con nosotros cuantos amig@s
estén por ahí. Han sido much@s,
muchísim@s l@s que así lo han hecho.
Tant@s, que sería imposible nombrarl@s
a tod@s: Matraco, Flecha, Oscar Perversa (qué
gran tío),Alejandro Vaquerizo"ticol",
Fernández Sastrón, Alvarito, Ainhoa
(que estuvo fija mucho tiempo), Ali y su colección
de armónicas, etc. Sí me gustaría
recordar aquí a una "invitada especial"
que cantó con nosotros en cierta ocasión.
Era una cara de ésas que te suenan de la
tele (no diré más), y se pasó
toda la canción intentando pillar el tono
y el ritmo. Yo, que estaba a su lado para cantar
a dúo, sudaba sangre. Al final, la cosa
salió como fuera, y tan amigos. Lo bueno
es que, semanas más tarde, apareció
una foto en una revista del corazón, en
cuyo pie se decía que aquél era
el nuevo grupo de esa muchacha. En fin, qué
queréis que os diga: si me llegan a llamar
en aquella época para ir a Tómbola,
me llevo un pastón. Pero ni por ésas.
Otro
amigo, y muy bueno, que ha cantado con nosotros
en alguna ocasión es el enorme Juan Luis
Cano. Ya sé que todos le habéis
oído cantar flamenco, pero es que también
es un fiera con el blues. En concreto, con el
One Way Out de los Allman Brothers. Tanto
es así, que, cuando surgió la oportunidad
de grabar un disco en directo, contamos con él
para esa canción. Lástima que hubiera
algunos problemas de sonido, y no se pudo incluir
en el cd definitivo. Pero dio igual, porque al
final los de la fábrica pasaron de las
indicaciones de Ramón (y supongo que Juan
Antonio y Fernando) y el disco no sonaba en absoluto
como se había pensado. Para más
inri, cuando se les entregó nuevamente
el DAT para que sacaran otra tirada en condiciones,
hubo más problemas: en concreto, que la
planta de prensado ardió. Hasta quedar
reducida a cenizas. Y con ella, nuestro disco
"Esto es un sin Dios". Así que,
aquellos de vosotros que tengáis una copia
original, no la estropeéis. ¿Quién
sabe? Puede que dentro de 50 años valga
una pasta. O puede que no. No recuerdo si fue
aquella misma noche, o no, pero sí fue
en el mismo garito, en Alcobendas. Al terminar
el concierto, entraron en la zona de camerinos
(y no es ironía, en es garito sí
había camerinos) un par de chavales, rozando
la veintena, extasiados. "¡Qué
pedazo de concierto! ¡Qué pasada!
Y, sobre todo, qué pedazo de versión
en inglés del Minha terra galega!".
No es broma. Nadie fue lo bastante cruel como
para desengañarles y decirles que Sweet
Home Alabama ya llevaba unos 25 años
de vida. Claro, que en más de una ocasión
nos han felicitado por hacer una versión
tan rockera del Layla de Clapton. ¡Ay,
esa moda de los Unplugged, cuánto
daño ha hecho!
Ya
he contado que al principio me gustaba "disfrazarme"
para cantar (en realidad, sigo haciéndolo.
Llegará el día en que salga al escenario
vestido como Diana Ross, taconazos incluidos,
lo juro. Ahora bien, la guantá que me puedo
dar bajando las escaleras de La Frontera puede
hacer historia
). Pues bien, pasada la "fase
crooner", llegó otra moda: la de los
raperos/carcelarios tipo Marky Mark. Ya sabéis,
el vaquero bajo, la camisa abierta, la goma de
los calzoncillos asomando por encima de los vaqueros
Sí, ya sé que a Marky Mark le quedaba
mucho mejor que a mí, pero es que él
iba al gimnasio y se depilaba el pecho, y así
no tiene ningún mérito. El caso
es que, por la razón que fuera, alguien
nos contrató para un concierto en una gran
discoteca al aire libre
en la provincia
de Toledo, en una zona de caza. Llegamos al garito
(dicho sea de paso, para aquel concierto llevamos
unas luces y un equipo de sonido carísimos)
y, mientras íbamos montando los instrumentos
y demás en el escenario, Cutu pronunció
una de esas frases que caracterizan a un pedazo
de tío como él: a la pregunta de
"¿dónde ponemos la batería,
Cutu?", nuestra leyenda del rock español
contestó con su laconismo habitual: "Donde
menos moleste". Eso es savoir faire. Bueno,
sigo con el concierto. Tras montar, y demás,
fuimos a cenar a un hotel frecuentado por cazadores.
No recuerdo cuántos éramos, pero
pasábamos de veinte, seguro. Al sentarnos
a la mesa, yo, que por aquel entonces me había
creído lo de ser una "rock star",
le dije a Fernando (que, además de un extraordinario
bajista es -y esto no lo sabe tanta gente-nuestro
especialista a la hora de pedir los menús)
que yo sólo iba a comer una tortilla francesa
y algo de ensalada, para no sentirme muy pesado
durante el concierto. Él echó una
de sus sonoras carcajadas y pasó de mi
sugerencia. Al final comí como todos, esto
es, como cerdos: venado, ensalada, champiñones
al ajillo, carnes rojas, caza menor, yo qué
sé. Sólo faltaban Abraracurcix y
el bardo (atado, cómo no, al árbol)
para que nos sacaran Goscinny y Uderzo en las
aventuras de Astérix. Por suerte, el concierto
no empezaba hasta las 2'30 o 3 de la madrugada,
o algo así. Volvimos a la discoteca y la
encontramos abarrotada de chaval@s tipo bakala
(mucha licra, mucha camiseta intravenosa, mucha
botellita de agua, mucha mirada dilatada). Además,
habría una centena de gente más
cercana a los treinta y tantos. Tras calentar
un poco la voz y el cuerpo, salimos al escenario.
Y pasó lo que tenía que pasar: primer
guitarrazo de Juan Antonio (que sí, que
es un monstruo no sólo como guitarrista,
sino como músico en general, pero que tiene
un potenciómetro en la guitarra que llega
hasta el 15 -cuando todas las demás llegan
al 10) y la inmensa caterva de bakalas huyó
en estampida al fondo de la sala. Los hubo, eso
sí, lo bastante valientes (¿o ya
insensibilizad@s por las mitsubishis?)
que se quedaron sentados junto a las enormes columnas
de sonido. A lo mejor es que la vibración
de los graves pone tanto como una smiley.
Habrá que probarlo
Al cuarto de hora,
o así, del concierto, yo ya me había
abierto la camisa y lucía todo orgulloso
la goma blanca de mis calzoncillos. De repente,
veo que Fernando se me acerca, riendo a mandíbula
batiente, y me dice más o menos al oído:
"Javi, que dice el dueño que te tapes,
que se te ve la goma de los gayumbos". Y
digo yo, ¿qué pasa, que allí
no llegaban los anuncios de Calvin Klein? ¿O
es que tenía una exclusiva con Ocean? El
caso es que tuve que taparme, para no herir la
sensibilidad del respetable.
Hablando
de reacciones un tanto frías del público
(cuando no directamente hostiles), recuerdo especialmente
dos ocasiones: la primera fue en un garito que
ya cerró (espero que no tuviéramos
nada que ver), el Fata Morgana de Villaviciosa
de Odón. Allí tocamos dos veces.
Al primer concierto vinieron much@s amig@s. La
cosa salió tan bien que repetimos poco
después. Ya lo dice el refrán, "segundas
partes nunca fueron buenas" (menos la de
El Padrino, que es una joya). El caso es
que a la segunda cita nos acompañaron sólo
tres o cuatro personas (novias de distintos Despreciables)
y unos siete bakalas que se pasaron todo el concierto
acodados en la barra, a un lado del escenario,
ignorándonos por completo, y yendo al baño
de dos en dos. ¿O sería más
adecuado decir de Moss en Moss? Ah, también
estaba el ya fallecido batería de los míticos
Triana, pero para hablar de él es mejor
que contactéis con Josele. Seguro que lo
recuerda mejor que yo. Seguro.
La
segunda ocasión de la que hablaba fue en
un bar de Alpedrete. He de decir, en defensa de
Juan Antonio (ya que antes pudo parecer que tenga
algo en contra del volumen de sus guitarrazos),
que no hay dueño de garito que no le diga,
a la hora de contratarnos, "No, si aquí
no hay problemas de volumen. Aquí podéis
tocar tan alto como queráis". Los
problemas ya surgen en la prueba de sonido: "Un
poquito más bajo", y esas cosas. Y
es lo que dice Juan Antonio, el rock and roll
hay que tocarlo alto, o no tocarlo. Lo malo es
que ese bar de Alpedrete no estana muy acondicionado
para nuestras cosas. Es más, el techo era
tan bajo que dudo mucho que Loquillo cupiera en
su escenario. Total, que se repitió la
historia de Toledo: al primer guitarrazo, el bar
quedó desierto, a excepción de unas
sobrinas mías y otros amigos incondicionales.
Pues ellos se lo perdieron, porque esa noche tocamos
por primera y última vez un temazo de AC/DC:
If You want blood. Mis nódulos aún
lo recuerdan. Con cariño.
Dentro
de la tipología del dueño/encargado
de garito, nos hemos encontrado con algunos muy
curiosos. Permitidme que no dé nombres
completos y que recurra a las iniciales (así,
en plan AQUÍ HAY TOMATE), más que
nada, por si aún nos queda la remota posibilidad
de volver allí. No hay duda de que el mejor
de todos (y os juro que no hay peloteo alguno)
es Paco Andreu, de La Frontera. No sólo
se preocupa de mantener una programación
de conciertos, de mimar a los músicos y
demás, sino que ha creado una escuela estupenda
(Angelito Pinedo, Oscar, etc). Así que,
desde aquí, te lo decimos: Gracias, Paco.
Lo malo es que, por cada Paco que te encuentras,
hay diez cretinos que montar un bar con actuaciones
sin saber nada de este negocio. Un ejemplo: local
en Madrid, digamos el B.B.B. Tocamos dos noches
seguidas. La mala suerte quiso que la primera
noche se produjera un apagón en toda la
zona. Pese a eso, la gente aguantó. Al
cabo de una hora, o así, volvió
la luz y empezamos a tocar, en medio de una nube
de humo digna de una peli de John Carpenter. Pero,
lo dicho, tanto nosotros como el público
aguantamos hasta el final. La segunda noche no
hubo apagón, pero faltó un pelo
para que hubiera algo peor: el dueño, uno
de esos especímenes del tipo "Aquí
no hay problema con el volumen", decidió,
sin encomendarse a Dios ni al diablo, que sonábamos
muy alto y, temerario él, apartó
a nuestro Ramón de la mesa de sonido. Al
terminar el concierto, y tras conocer el hecho,
Juan Antonio (lo siento, hermano, siempre te toca
a ti. En fin, gracias por dar la cara en esas
y otras situaciones) tuvo unas palabras con él.
Y a buen entendedor... Otro "altercado":
el céntrico HT. Ya habíamos tocado
en más de una ocasión, y siempre
con éxito: no sólo por nosotros,
sino porque el local tiene ya una trayectoria
de años. Fue allí, y permitidme
esta digresión (término que le viene
como anillo al dedo a su protagonista, Mauri):
en una de esas noches "triunfales",
se produjo uno de los momentos memorables de nuestra
historia. Habíamos llegado a la coda del
Layla, cuando callan las guitarras y suena
la preciosa melodía escrita e interpretada
por Jim Gordon. Interpretada, originalmente, al
piano. No sé por qué, aquella noche,
el teclado de Mauri no sonó a piano, sino
a órgano de iglesia catedralicia. Fernando
y yo nos miramos, empezamos a reírnos,
miramos a Mauri, que nos mantuvo la mirada con
expresión de "qué pasa, es
así". La carcajada fue a más.
Pero no sonaba nada mal, ojo. Fin de la digresión.
Vuelta a la cruda realidad: el caso es que uno
de los muchos programadores que han pasado por
allí nos llamó para un nuevo concierto.
Sólo había un problema: antes que
nosotros tocaba otro grupo, por lo que tendríamos
que montar el equipo y sonorizar
en presencia
del público. Cuando nos negamos (bueno,
una vez más fue Juan Antonio el que habló
con él), el tono de la conversación
fue subiendo de nivel. Y ya se sabe que los acaloramientos
no son buenos. ¿Resultado? No hemos vuelto
al HT. Lo dicho, ellos se lo pierden. Igual que
los del ChC, donde ya habíamos gozado de
buenas noches de rock and roll, hasta que decidieron
explotar el local como discoteca a partir de la
una en punto de la mañana. Eso obligaba
a los grupos a terminar a las 12'30 como muy tarde.
Lo dije en su día, y lo repito ahora: no
aplaudáis mucho, que os cargáis
la actuación.
Dentro
de este apartado de malos rollos, hay una noche
que recuerdo con una mezcla de alegría
y amargura. Fue en Aluche, en el ya desaparecido
auditorio al aire libre. Fue la gran noche de
Seni. De hecho, era como cuando los Eagles tocaban
en el estado de uno de sus guitarras y cantantes,
Joe Walsh (no me hagáis buscarlo en las
enciclopedias, Para eso tenéis el Google,
holgazanes): allí el grupo era Joe Walsh
and the Eagles. Seni disfrutó como un niño
(en el fondo, aún es un chaval. No deja
de ser "el nuevo", como Ron Wood en
los Stones, aunque ya lleve con nosotros unos
ocho años, si no más). La amargura
vino al final del concierto, cuando nos enteramos
de que nos habían vetado en algunos pueblos
de la sierra norte de Madrid (gobernados, supongo,
por el centro-derecha moderado) por la peregrina
razón de que, en el estribillo de Free
Bird, el cretino que esto suscribe levanta
el puño izquierdo. En fin, podría
seguir con más historias de éstas,
pero noto cómo me va invadiendo una profunda
tristeza: con lo fácil que podría
ser todo, y lo divertido que es tocar rock and
roll con los amigos, ¿por qué algunos
cretinos se esfuerzan tanto por joder las cosas?
No lo sé. Sinceramente, no lo sé.
Pero,
para cerrar por todo lo alto este capítulo
dedicado a las noches memorables del grupo, no
puedo dejar de recordar una actuación,
contratada por el Ayuntamiento de Madrid, en una
enorme carpa montada junto a la Vaguada. Ignoro
la capacidad del recinto, pero sé que era
muy grande. Inmenso. Además, había
un juego de luces digno de Pink Floyd, hielo carbónico
(de pese que queda muy bonito en los conciertos
de U2 y en musicales como Los Miserables, pero
que te reseca la garganta hasta límites
insoportables) y mogollón de cosas más.
Había de todo, menos gente. Es decir, un
local pensado para miles de personas, ocupado
por unas cien: todo tenía un aire bastante
desangelado. Pero la perla de la noche la pusimos
nosotros: creo que fue durante el Brown Sugar
de los Stones. En un momento dado, me di cuenta
de que sólo estaba sonando la batería
de Cutu y mis palmas. Me giré para saber
qué pasaba, y vi, apiñados en torno
a los teclados, a Mauri, Fernando y Juan Antonio,
debatiendo sobre en qué tono estaba la
canción, o si el estribillo era en sol
o qué sé yo.
Y
aquí se acaba esto. No el grupo (aunque
ya va siendo hora, ¿no?. Bueno, ya lo hablaremos),
sino estas notas. Ya he dicho que llevamos once
años. Han entrado nuevos miembros, otros
se han ido. Pero, en general, la cosa ha ido bastante
bien. Así que sólo me queda dar
las gracias a Ana, Andrea, Cutu, Inma,Yoly, Fernando,
Josele, Juan Antonio, Mauri, Ramón y Seni
por esa noche de viernes, una al mes, en La Frontera.
Allí, durante casi tres horas, me olvido
de todo y soy feliz. Avejentado, con achaques,
con calambres, acordándome de los señores
Fender y LesPaul, pero feliz. Y eso es por vosotros.
Así que, mil gracias, y un beso.
Madrid,
verano de 2005
BREVE
CURRICULUM VITAE
Aunque
muchos no lo sepan, además de mi profesión
como cantante de los Despreciables, tengo un par
de hobbies con los que descargo la adrenalina
y la tensión que me produce tanta noche
de rock. Uno de estos hobbies es la interpretación,
sea en cine, TV o teatro. Ahí va una breve
relación de algunas de las cosas que he
hecho. Y que espero seguir haciendo, claro está.
Empecemos
por el cine. Mi primera película fue Morirás
en Chafarinas, de Pedro Olea (1994), de la
que la siempre llorada Pilar Miró dijo
que sería una de las películas del
año. Todos sabemos que era mucho mejor
cineasta que vidente. Ahí era el Teniente
Comesaña, y lo mejor fue que compartí
alguna secuencia de acción con Javier Albalá,
al que sigo guardando un enorme cariño.
Bueno, también me tocó compartir
plano con Oscar Ladoire. Sí, ya sé.
Pero el tío ganó el León
de plata al mejor actor en 1980, en Venecia, por
Opera Prima. Luego tuve un papelín
minúsculo en una coproducción con
Francia, Fiesta (1994, Pierre Boutron),
que me sirvió para compartir un plano con
dos de los mejores actores del mundo: Jean-Louis
Trintignant y Laurent Terzieff. Otra película
de la que guardo buenos recuerdos es La ley
de la frontera (1995, Adolfo Aristarain),
más que nada porque ahí coincidí
(yo como casi figurante, él como prota)
con Achero Mañas. Y, sobre todo, porque
me permitió pasar dos horas delante de
una taza de café, charlando con uno de
mis mitos vivos: el inmenso Federico Luppi. Fue
en Orense. Jamás lo olvidaré. Y
ahora, un dato que me perjudicará, estoy
seguro. Tanto Olea como Aristarain venían
de dos éxitos indiscutibles: el primero,
con El maestro de esgrima, el hispano-argentino,
con Un lugar en el mundo. Pues bien, tanto
Chafarinas como La ley
fueron
sendos fracasos. Espero que no por mi culpa. ¿Qué
más? Un papel muy corto en una peli coral,
Terca vida, de Fernando Huerta (2000),
pero en la que tuve el honor de hacer una escena
con mi sobrina Clara (permitid que presuma de
sobrina), un pedazo de actriz que, pese a haber
nacido después de que yo empezara a hacer
teatro, ya tiene en su haber una candidatura a
la mejor actriz revelación, por El viaje
de Carol. Ahí es nada. Y llegamos a
dos títulos clave: El Bola (2000),
de Achero Mañas, donde, aparte del lujazo
de participar en una película así,
gocé de la compañía de tres
bestias (Ana Wagener, Alberto Jiménez y
Nieve de Medina). Y de mi ahijado, Omar
Muñoz. El segundo título clave es
Antonia, que rodé ese mismo año
en Santiago de Chile, dirigido por Mariano Andrade.
Es clave porque ha sido mi único papel
protagonista, o casi, y porque disfruté
del privilegio de trabajar con una actriz de las
"más grandes", la colosal Carola
Fadic, que desgraciadamente murió hace
un par de años, tan joven, tan bella, tan
increíble. De momento, mi última
película es Te doy mis ojos, (2003),
donde, igual que en el caso del Bola, es
un placer participar en un proyecto así.
Además, me sirvió para descubrir
que Icíar Bollaín no es sólo
una enorme actriz y directora, sino que además
tiene una coña y un sentido del humor adorables.
Por cierto, dato curioso: para l@s que hayan visto
la película, yo soy el concejal que casa
a Candela Peña. Creo que no estoy en pantalla
más de 30 segundos, pero resulta que ese
día vinieron al rodaje las televisiones
y demás (hay que recordar que coincidían
en esa secuencia Laia Marull, Luis Tosar, Rosa
María Sardá, Kiti Manver
).
Pues bien, al día siguiente, más
de un@ me dijo eso de "Oye, que te vi anoche
en el telediario. Y salías mucho. ¿De
qué va la peli?". Bueno, es la historia
de un concejal de Toledo, que casa a la hermana
de una mujer que sufre malos tratos
En
cuanto a la tele, he hecho muchas sesiones para
muchas series, muchas. Todo empezó en enero
de 1994, cuando recibí una llamada de una
antigua amiga (y compañera en el Festival
de Cine de Sitges) Gaby Galcerán. Era una
tarde de lunes, y textualmente me dijo: "Oye,
¿te atreves a venir a Barcelona para hacer
una prueba para un papel que jamás te van
a dar?". Y yo, que soy imbécil, me
fui para allá. Un día antes había
ardido el Liceo. Mal presagio. En fin, hice la
prueba
con el prota (el también llorado
Ramón Teixidor) y el director, Jesús
Font. Resumiendo, días después estaba
de nuevo en Barcelona, haciendo de Tato en mi
primera serie, Historias de la puta mili,
que un exdirectivo de Tele 5 se cargó,
y donde conocí a monstruos de la talla
de Juan Diego (enorme, enorme), Kiti Manver, Teixidor,
Pep Cruz, y a dos actrices con las que volvería
a coincidir en el futuro: Lola Baldrich y Cayetana
Guillén Cuervo. Desde entonces he hecho
de skinhead (la ya citada Quién da la
vez?), de violador/necrófilo/ pedófilo
(en El comisario), de marido maltratador
de Angela Molina -y hay que ser imbécil,
pensar en maltratar a alguien tan adorable-(en
Abogados, nuevamente dirigido por Font),
de fotógrafo tipo Camel Trophy, portador
del VIH (en tres capítulos de Médico
de familia, ¡donde Lola Baldrich me
dio mi primer beso en pantalla!)
Pero
hay dos series que jamás podré olvidar:
A las once en casa (1998-99) vino en un
momento personal bastante chungo, y fue una tabla
de salvación. Además, siempre me
quedará una cosa: presumir de haber sido
novio de ficción durante nueve meses de
otra de las "más grandes", Carmen
Maura, y amigo pesado de otro primus inter
pares, Antonio Resines. La otra serie ha sido,
sin coña, la experiencia actoral más
heavy de mi vida: Dani Ambrán en 20
tantos (2002-03), donde, aparte de conocer
a gente estupenda, fui "padre" de dos
hijos a los que sigo queriendo con toda mi alma,
Manu e Iván, o lo que es igual, Sergio
Mur y Alberto Amarilla. Verles ahí arriba,
uno de gira con lo mejor de Monty Python, el otro
siendo uno de los adorables vecinos, me llena
-como diría el rey-"de orgullo y satisfacción".
Son muy grandes.
En
cuanto al teatro, que es lo más (comparable
sólo a un concierto), llevo más
de quince años aprendiendo de un tío
muy grande, Jesús Salgado, fundador y director
del Teatro del Duende, donde he tenido el placer
de currar con gente como Javier Gutiérrez,
Guillermo Ortega, Raúl Fernández
y con la otra "más grande": Marta
Belaústegui, un lujo sobre el escenario
y fuera de él. De mi año y medio
siendo uno de los 5 Gays.Com (2003-04)
recuerdo muchas cosas, buenas y no tan buenas.
Pero haber podido darle la réplica a Emilio
Laguna y, luego, a Willy Montesinos, hace que
prevalezcan las buenas. Y haber conocido a unos
cuantos tíos que valen un huevo, especialmente
mi Willy Villalba y, cómo no, mi pedazo
de novio de ficción, Alfonso Flores.
Por cierto, dos enfermos de los Despreciables.
Son los que bailan tipo Jackson 5 justo delante
del escenario. Y no lo hacen mal, ¿verdad?
En octubre del 2004 dejé a los Gays
por un proyecto que, aunque no fue todo lo que
tuvo que ser, estuvo muy bien: una gira por Canarias
con Desnudos, de Roberto Santiago, en un
montaje espectacular dirigido por uno de los grandes,
José Luis Sáiz. Eramos cuatro en
escena: la adorable Charo Reina, el maestro Luifer
Rodríguez y un actor que en el futuro dará
mucho que hablar, el guapísimo Alex García.
La obra sólo se ha visto en Canarias, pero
espero que algún día llegue a la
península, conmigo o sin mí. Porque
vale la pena. Y lo último ha sido, de nuevo
con José Luis Sáiz, El olor del
café. Han sido sólo dos días
en el Círculo de Bellas Artes, pero qué
experiencia. Si queréis saber más
de ella, inundad de e-mails los ordenadores de
los programadores de los teatros de Madrid: así
podréis ver este pedazo de montaje sobre
la tragedia palestina.
Y,
ahora sí, esto es todo. Si alguien quiere
contratarme (aunque sea un hobby, cobro, ¿eh?),
ahí tiene el número de la oficina
de mi representante:
Alberto
Bongiorno: 915 045 443 - 915 046 302
¡Animaros,
bobos!
Un
besote gordo.
SOBRE
ANA
 
Mi
Pepito Grillo particular, a quien estoy
empezando a coger una manía bestial, me
ha soltado una de sus típicas charlas por
misógino. Y no es cierto. De verdad. De
hecho, de los tíos que formamos Los Despreciables,
el más cercano al espíritu femenino
soy yo. Y no es broma. Había una razón
para no extenderme con "las chicas",
y una razón muy fácil de entender
(espero): si bien todas ellas han sido y son una
gozada en lo musical, hay una de ellas que es
algo, mucho más. Y no quería destacarla
sólo a ella. Pero después de esa
homilía he pensado (sí, a
veces lo hago, cretinos) que, en efecto, se lo
merecía. Más que nada, porque también
es actriz. Quiero decir, no es que yo sea actriz,
sino que ella
Bueno, qué más
da, a lo hecho, pecho: Ladies and gentlemen, la
extraordinaria, la inigualable, la Mega
diva
(graciosillos, no iba a poner eso) ANA DESPRECIABLE!!!
¿Que
por qué Ana, y no otra? Muy sencillo: Andrea
canta como Dios, pero aún no me ha pillado
el punto "sexy/Pimpinela" en el escenario;
Yoli tiene un chorro de voz digno de Patti Labelle
(Google, incultos), pero canta en una mezcla de
gaélico y lunfardo que hace que mi matrícula
de honor de 2° de Filología Inglesa
se revuelva en el cajón (lo siento, Mauri,
las cosas como son); Inma es una tía de
puta madre, y canta muy bien
cuando se le
pasa el miedo escénico. Pero mi Ana
mi Ana es mi media naranja. Reconozco que me desarma.
Imaginad, si podéis, la escena: yo llevo
en el escenario una hora y pico (bueno, quitando
el momento "Josele"), sudado, hecho
polvo, a punto de sufrir al mismo tiempo un infarto
y una hernia discal, y, de repente, sube una rubia
radiante, cuya sonrisa haría morir de envidia
a la mismísima Julia Roberts, cuya mirada
irradia un brillo semejante al del diamante que
Richard Burton regaló a su dos veces mujer
Elizabeth Burton (vale, por si os habéis
cansado del Google, se casaron dos veces, son
actores -él murió en 1984, sin haber
ganado un solo Oscar, aunque haya sido uno de
los mejores actores de la historia; ella tiene
dos Oscars y se ha casado unas siete u ocho veces,
y desde hace unos veinte años es una de
las mayores activistas de la lucha contra el SIDA.
¡Olé sus huevos!), y cuya simpatía
hace que Emilio Aragón y Ramonchu García
parezcan Aznar y Rajoy en una boda gay. Y, además,
canta muy bien. Sólo tiene un problema:
cante lo que cante, para mí siempre será
la pequeña Annie, la huerfanita,
cantando El sol brillará, mañana,
mañana
Es una actriz inmensa
(y lo digo con conocimiento de causa: curré
con ella en una obra de teatro y me dejó
alucinado) con muy mala suerte: pero ella no tiene
la culpa. La culpa la tienen l@s cretin@s que
hacen los repartos de las series, películas
y obras de teatro en este país. Si tuvieran
más ojo, y menos prejuicios, otro gallo
nos cantara
En fin, volviendo a nuestra
Fruca (chiste privado, para ella, para
mí
y para much@s alumn@s de la RESAD),
sólo sé que con ella en el escenario
me lo paso mucho mejor, que no creo que haya nadie
a quien se le ocurra marcarse un baile por rumbitas
mientras suena un solo de guitarra en I Can't
Stop Lovin' You, o que me cuente un chiste
o un chisme (ella es capaz de eso, y de más)
en mitad de cualquier canción. Yo qué
sé: la quiero, y mucho. Sólo hay
una cosa que me molesta: que cuando empecé
a hacer tele (véase Currículum Vitae,
sobre todo si el que lo lee es Luis San Narciso
o Sara Bilbatúa, que nunca me han dado
un papel), esta tía ya llevaba varios años
siendo una especia de estrella. Y que jamás
se le ha subido a la cabeza. Y mira que es raro,
porque he conocido a tant@s cretin@s que, habiendo
hecho mucho menos que ella, se creen que son Robert
de Niro o Julianne Moore. Bueno, termino ya: Ana,
Fruca, rubia
gracias. Te adoro.
Madrid,
¿otoño de 2007? Porque mira que
me ha salido larga la posdata
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